Salva y yo. Hotel series

gap betweenel vino, el queso azul, el té reposado, el tzatziki del día siguiente.. ¿qué más? Si, si, con el tiempo el sabor se acentúa, coge fuerza. Pero también se puede pasar, volverse rancio u olvidarse cubierto de moho en el fondo de la nevera. O todavía peor, ¿y si en ese proceso de reposo aparecen otros platos, otros postres, una receta exótica y entonces desapareces por ser insípida?

Salva y yo nos hemos dado un tiempo. Yo me he venido a un hotel en Mallorca a dejar macerar nuestro matrimonio en una cama doble de uso individual. Mientras Salva se ha quedado en Madrid a pensar si nos falta sal o imaginación. Creo que hemos hecho bien, es solo una semana, incluso cinco días si no cuentas los viajes de ida y vuelta.

¿Se comerá los tapers que le he dejado?, ¿y si no le gusta?, ¿y si pide sushi para llevar?…

Ilustración Gap Between de Lizzy Stewart

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ponunarbolentuvida.com – short story

pon-un-arbol-en-tu-vida
Todos tenemos pequeños placeres, pues bien, desde hace un tiempo el mío era tumbarme en la cama y contemplar las hojas del árbol por la ventana después de cenar. Me quedaba embobada mirando su vaivén. “Árbol”, su nombre para los amigos, era mi mejor consejero, incluso le preguntaba cuando me surgían dudas tipo “¿Crees que debería comer helado de chocolate de postre?” si las hojas se movían hacia la derecha, si, hacia la izquierda, no, y si se quedaban quietas, recapacitaba. Por fin con él encontré la paz.

Hasta ahí todo bien, pero el 7 de mayo al salir a comprar el pan mi equilibrio se desmoronó… dos individuos de verde y amarillo iban a cortar mi árbol!!! En shock me encaré al talador y al señor del camión, los cuales sin ningún miramiento me discutían que las raíces se salían de la acera, que era un árbol muy costoso de podar, que no había dinero en el ayuntamiento para tanto gasto, etc.

Ante mis ojos, la sierra mecánica amenazaba con una primara incisión. Yo no podía dejar las cosas así, imágenes del árbol cortado en pedazos alumbrando una paella me ponían los pelos de punta. Muerta de miedo corrí a la tienda de al lado a pedir prestada una cuerda y, sin pensarlo dos veces, me encadené al árbol. Para más dramatismo me quité la camiseta y el sujetador. Comencé a gritar: “por un árbol libre que eche raíces“. Pronto un corro de viandantes se congregó en torno al árbol parando el tráfico al principio del paseo del Borne. El señor talador podría haber cortado mi cuerda, pero se unió a la causa y se desnudó junto a mi. A él le siguieron unos cuantos turistas alemanes y de otras nacionalidades cuyas lenguas no entiendo. En media hora mi foto y la de los espontáneos había sido retuiteada por cientos, un vídeo en youtube se compartía entre ecologistas, e incluso al caer la tarde alguien había creado la página de facebook “árbol al desnudo”. La prensa y la tele nos sacaron en las noticias y las tertulias, donde los comentarios se iban por las ramas y criticaban desde la mala gestión del ayuntamiento hasta el tamaño de mis pechos, más dignos de luchar por un bonsai.

Con el ayuntamiento en el punto de mira más el apoyo de los followers desnudos y no desnudos “Árbol” continúa echando raíces en la calle Unión. Ahora me dedico a alimentar los contenidos del blog ponunarbolentuvida.com y a apoyar a otros amantes de los árboles encadenándome donde haga falta. Recibo algún que otro ingreso a través de apariciones en fiestas en Palma e Ibiza y de anunciantes del blog, casi todos de productos de jardinería o cremas corporales de rollo orgánico.

Hoy un cirujano plástico alemán se ha ofrecido a aumentarme los pechos gratis a cambio de aparecer en su newsletter y página de facebook. ¿Qué hago?, si me opero desafiaría el orden natural de las cosas, pero bien pensado la polémica atraería más tráfico al blog y podría lucir tipito contra el tronco… Árbol, ¿tú que piensas?

Ulla. Hotel series

Al fondo las faldas, después las camisas y por último el álbum de fotos. O mejor, a la derecha las faldas, en el centro el álbum y a la izquierda las camisas. Ulla siempre tiene el mismo dilema desde hace catorce años. Sabe que no va a ser capaz de enseñarle las fotos, si quiera dirigirle la palabra salvo un hola y adiós y una sonrisa a medias.

Como viene siendo habitual a finales de agosto, Ulla pasa la noche en el hotel y la mañana en la playa de Es Trenc. Sentada en una hamaca tras sus grandes gafas de sol observa con precaución a la que fue una adolescente con amigas, una joven presumida y ahora una madre atlética y atenta.

En su bolsa de playa, álbum de fotos al fondo, encima miedos, crema solar y verdades por decir.