Kim y su compañera de vuelo

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Sentada en un café del aeropuerto Kim busca donde cargar su iPhone. Antes de hincar el diente a su muffin de chocolate la sube en instagram en un click – 10.05 am, waiting @ Madrid airport.

Kim ha estado en Mallorca, Sevilla y Madrid – Mañana mañana . En su viaje posó con amigos que hizo por el camino – #hola amigos-, se bañó en calas de anuncio – vip beach! – y retrató todos los dulces y platos de cada restaurante al que fue – #spanishfood, yum! En total más de 100 fotos, algunas subidas a Facebook y similares, otras esperando. Nueva alerta, dos me gusta a la muffin que todavía no ha terminado.

Entre bocado y sorbo de café Kim repasa las fotos, no se acuerda ni de la mitad de los sitios ni la gente, sólo se ha preocupado de que ella no apareciese. Ahora, a dos horas de embarcar a Melbourne, no va a tener más remedio que compartir 24 horas de vuelo con su compañera de viaje, una chica insegura pero demasiado simpática que cuenta las calorías de los crackers de su bandeja – Not every trip is perfect.

Bruno y Veronika – Short story

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Lo primero que hace por la mañana es tocarse la tripa en el sentido de las agujas del reloj y, por la noche, en el sentido contrario. Veronika sigue a la letra varios rituales que van más allá del ácido fólico.

Su pareja trata de ignorar cuando obsesivamente le pregunta si nota algún cambio en su aspecto, o como a escondidas se mira de perfil culpándose por los intentos fallidos. Para Bruno sus días fértiles son una playa en calma antes de un tsunami que lo desborda todo con lágrimas e impotencia al final de cada mes.

Bruno lleva tiempo gestando miedo a que nunca suceda y miedo a que suceda otra vez. Mientras la ola avanza y si se lo cuenta a Veronika nada nacerá salvo la angustia.

Ilustración de Anna Emilia.

Simone y las prendas delicadas – Short story

20130814-225222.jpgSon las 10 y ya va por la segunda colada, programa corto y delicado para ropa interior cara que no debería haber estrenado. La primera fue un ciclo largo a 40 grados, extra centrifugado, con toallas, celos infundados y alguna que otra mentira.

Sentada a dos metros de distancia Simone pasa los domingos en la cocina contemplando hipnotizada la ropa mojada en la lavadora. El enjuague le consuela, el spin le purifica.

Sabe que sería más sano o humano compartirlo con amigas, o simplemente escapar de Paris unos días. De hecho, se propone llamar a a su amiga Pauline cuando el destello rojo de la lavadora anuncia el fin de la segunda colada. Justo a tiempo, salvada por la luz roja.

Con la cesta de la ropa sucia a su regazo, Simone tiembla, la puerta de la lavadora no abre, espera 10 minutos, 30, sigue sin abrirse. Un técnico no va atenderla un festivo. ¿Qué hacer ahora?, ¿qué ciclo sigue? Perpleja nota que la angustia se va diluyendo más rápido que el detergente, que las penas y la culpabilidad duran menos que un programa de 15 minutos. Simone rompe a reír y llorar a un ritmo cadente. Se siente feliz, libre para hablar, para gritar, para ensuciar, para viajar con o sin servicio de lavandería.

De esta avería hace ya dos semanas que Simone decidió pasar en un yoga retreat.  A su regreso compró una lavadora con programación diferida en Ebay y nunca más pasó un domingo igual al anterior.