Efecto Frozen en tiempos de pandemia

¿Habéis visto Frozen? Yo sí, como quinientas veces desde que empecé la cuarentena. Pero no os escribo por eso, sino por los paralelismos que podemos encontrar entre el hit de Disney y los tiempo que corren. De hecho, he llegado a pensar que la factoría de los sueños nos estaba preparando para lo que se nos venía encima. ¿Por qué?

Primero: Elsa. La reina del hielo es portadora de un poder/virus potencialmente mortal (casi termina con su hermana en dos ocasiones). Entonces, ¿qué hace ella? Mantiene las distancias dándole portazo a Anna día tras día, no solo porque esté cansada del dichoso muñeco de nieve, que también, sino porque la quiere proteger.

Segundo: Anna. Ahora la entendemos, ahora sabemos por lo que pasa. ¿Por qué narices Elsa no le deja salir?, ¿por qué no abre las puertas de palacio? La pobre Anna pasa toda su infancia y adolescencia sin amigos con los que jugar, sin salir, sin viajar.

Tercero: los guantes. Ya nos avisa Elsa. Ella se los quitó y se armó la gorda.

Cuarto: Hans o la desescalada precipitada. For the first time in forever empezamos la fase 1, pero no te emociones. Mira lo que le sucedió a Anna con Hans. Se confió, se dejó engañar por las apariencias y ¡zas!, volvemos al eterno invierno.

Quinto: Kristoff y los malos tiempos. Elsa no es capaz de controlar sus síntomas y congela todo el reino de Arendelle. El bueno de Kristoff, que se dedica a la venta de hielo, pierde su negocio. ¿Y ahora qué hace sin clientes y exceso de inventario?

Sexto: el antídoto. En el mundo de Frozen no hay vacuna que pare los poderes de Elsa,  la cual sigue congelando a discreción aunque sin dañar a sus habitantes, ya inmunes a su reina. El antídoto fue el amor entre hermanas y la aceptación, pero aquí el cuento no aplica. Demasiado idílico, demasiado bonito. Siendo así, ¿qué nos queda?, ¿nos acogemos al let it go mientras va aumentando la inmunidad o encontramos la vacuna? Por favor Elsa, dinos porque we can’t hold it back anymore.

 

Surfeando rabietas

Caras triunfantes cubiertas en chocolate me reciben al entrar por la puerta. Olivia y Emma de nuevo se salieron con la suya, su padre no ha podido soportar el lloro conjunto. La merienda nutritiva terminó en galletas de chocolate. Es decir, nuestro pacto ha durado tanto como un episodio de Peppa pig.

La idea era no ceder al lloro en crescendo, ese ronroneo con efecto demoledor que causa cortocircuitos y zas: sucumbes, te rindes. Esta tarde su padre cayó, otros días soy yo. La falta de sueño, el cansancio… pones en marcha el chip de supervivencia seleccionando la opción más fácil: acceder.

En nuestro caso el momento más duro era por la mañana, cuando nuestra hija de 4 años desplegaba rabieta tras rabieta. “Quiero vestido, quiero la leche con pajita, ese juguete no es tuyo, no quiero abrigo (hacen 7 grados fuera)…” Literalmente la dejaba en la escuela sudando y emocionalmente KO. Me sentía mal por un grito mal pegado, por terminar cediendo, por luchar contra lo absurdo. ¿Cómo era posible que una niña de cuatro años tuviera tanto poder sobre mí?

En definitiva, los peques son listos, buscan tu reacción: tu cara de enfado, tu grito… Aprietan el botón hasta conseguir su meta: tu rendición por no llegar tarde a un sitio o por sobrevivir el día a día. Pero, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? En mi caso opté por lo simple: ignoraba el tsunami y seguía con lo que estaba haciendo. Adopté la técnica de cantar interiormente los éxitos de Coldplay para así bloquear los gritos. Fue duro y gradual, pero mi cara neutra e impasible fue causando efecto.

Con el tiempo, se cansó de sus propios lloros (que la dejaban exhausta) para terminar la función con un sofocado “maaaami”  fundido en un abrazo.

Suena banal y frío, sin embargo “mantenerte” funciona ya que la asociación “rabieta – mis papas se enfadan” llega a romperse y poco a poco van en detrimento. Siguen habiendo pataletas, pero no como patrón de comportamiento diario.

Recuerda, si accedes a menudo el modo rabieta se activa y multiplica. ¡Suerte!

¿Es posible la lactancia materna en bebés prematuros?

lactancia en prematuros

En la lactancia nada es blanco ni negro y, cuando se trata de la lactancia de un bebé prematuro, hay muchas fases de gris claro y gris oscuro. Pero, recuerda: lo más importante es que no te sientas culpable, ni porque haya nacido prematuro ni porque la lactancia esté siendo difícil, no esté funcionando o estés pensando en dejarla.

Emma nació de cesárea de urgencias en la semana 34, lo que se considera prematuro tardío. Semana delante o detrás, había pasillos de distancia entre nosotras más una caja transparente que no podía romper para tenerla entre mis brazos.

Recién salida de quirófano mi única obsesión fue la de la producir leche. No había habido contacto nada más nacer, no había habido colecho, nació por cesárea …¿produciría suficiente leche?, ¿me tardaría mucho en bajar dadas las circunstancias?… Mi hija era una bebé diminuta sin poder de succión, si no hacía algo al respecto la leche se retiraría. Totalmente irracional tras el post parto —me culpaba por no haber cuidado suficiente de Emma durante el embarazo— me prometí a mí misma que no iba a prescindirle del derecho a lactar.

Empezamos animadas, se cogió al pecho al día siguiente de nacer. Sin embargo, días después Emma se agotaba, no tenía fuerza para succionar, se ahogaba. Pasaron a alimentarla a través de sonda con leche materna que extraía cada tres horas. Todavía recuerdo sujetar temblorosa una jeringuilla de 20 mililitros que poco a poco descendía de su nariz a su estómago. Cuando Emma cogió vigor combinó sonda y pecho y, después de dos semanas, por fin mamaba como un bebé más.

Fueron veinte dos días borrosos de los que recuerdo mucha piel con piel, tomas tensas tratando de que su boca se ajustara a mi pecho, botes de leche materna etiquetados con fecha y hora de extracción, memorias envueltas en la luz tenue de neonatos.

Hubo momentos durante el tiempo en el hospital y tras el alta que estuve apunto de tirar la toalla. El incremento de peso era muy lento, sufría cuando me sacaba leche después de cada toma por quedarme sin leche para la siguiente, contaba los escasos minutos que Emma pasaba al pecho… Si no desistí fue por la experiencia del equipo de neonatos, positivo y alentador, siempre dispuesto a escucharte en los momentos más bajos.

Quiero recalcar que, en mi caso, la lactancia materna no habría funcionado sin los siguientes apoyos:

  • el personal de neonatos y el servicio de hospedería. El hospital proporcionaba una habitación compartida para madres lactantes en la misma planta de neonatos. Esto fue decisivo, entrar y salir a la sala donde está tu bebé a cualquier hora del día o la noche hacen del pecho a demanda una realidad.
  • mi familia. Literalmente salí de casa dejando a cargo de mi marido y mis padres a mi otra hija de año y medio mientras cuidaba de Emma. Sin el soporte y cariño de los míos logísticamente habría sido imposible. Aprovecho este punto para comentar que la lactancia exclusiva no sólo recae en la madre, la lactancia se reparte.

Muchas madres no pueden llegar a lactar no porque no quieran, si no por el hecho de no poder contar con apoyo familiar a su alcance, ingresar en un hospital con una planta de neonatos con horarios restringidos para padres o sin medios ni consejos para estimular la lactancia.

A través de este post me gustaría dar las gracias al equipo de neonatos de Son Llàtzer. El vínculo que establecí con mi hija fue igual de cercano e íntimo que si hubiera nacido a término. Hoy Emma tiene 23 meses y continúa lactando.

Foto: Emma y su hermana, Olivia