Surfeando rabietas

Caras triunfantes cubiertas en chocolate me reciben al entrar por la puerta. Olivia y Emma de nuevo se salieron con la suya, su padre no ha podido soportar el lloro conjunto. La merienda nutritiva terminó en galletas de chocolate. Es decir, nuestro pacto ha durado tanto como un episodio de Peppa pig.

La idea era no ceder al lloro en crescendo, ese ronroneo con efecto demoledor que causa cortocircuitos y zas: sucumbes, te rindes. Esta tarde su padre cayó, otros días soy yo. La falta de sueño, el cansancio… pones en marcha el chip de supervivencia seleccionando la opción más fácil: acceder.

En nuestro caso el momento más duro era por la mañana, cuando nuestra hija de 4 años desplegaba rabieta tras rabieta. “Quiero vestido, quiero la leche con pajita, ese juguete no es tuyo, no quiero abrigo (hacen 7 grados fuera)…” Literalmente la dejaba en la escuela sudando y emocionalmente cao. Me sentía mal por un grito mal pegado, por terminar cediendo, por luchar contra lo absurdo. ¿Cómo era posible que una niña de cuatro años tuviera tanto poder sobre mí?

En definitiva los peques son listos, buscan tu reacción: tu cara de enfado, tu grito…aprietan el botón hasta conseguir su meta: tu rendición por no llegar tarde a un sitio o por sobrevivir el día a día. Pero, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? En mi caso opté por lo simple: ignorar el tsunami y seguir con lo que estaba haciendo. Adopté la técnica de cantar interiormente los éxitos de Coldplay bloqueando los gritos, actuando como si nada. Fue duro y gradual, pero mi cara neutra e impasible causaba efecto, simplemente se cansaba de su propia letanía inconsolable hasta terminar en un sofocado “maaaami”  fundido en un abrazo madre hija.

Suena banal y frío, sin embargo “mantenerte” funciona ya que con el tiempo la asociación “rabieta – mis papas se enfadan” se rompe y poco a poco van en detrimento. Siguen habiendo pataletas, pero no como patrón de comportamiento diario.

Recuerda, si accedes a menudo siempre reaccionaran con rabieta ante todo creándose un círculo vicioso muy difícil de romper. ¡Suerte!

10 de mayo, 2018

Os leo el cuento por segunda vez mientras los ojos de Olivia se van cerrando poco a poco. Emma cae al ritmo de las palabras agarrada a mi mano, como el timón del sueño al que acabará pronto rendida.

Quisiera detener el tiempo, guardar este momento. El respirar de Olivia y la fuerza de Emma con el libro a duras penas apoyado en mis rodillas.