Viernes, 13 de marzo. Primer día de cuarentena.

Oficialmente los centros educativos de Baleares comienzan el próximo lunes; nosotras hoy, viernes 13 de marzo. Mi hija pequeña pasó toda la noche tosiendo, yo nerviosa por las noticias y cadenas de whataspp del jueves. A primera hora he avisado a mi jefe y a mis alumnos del viernes: hoy nos quedamos en casa. 

De buena mañana saltan whataspps de amigas y del grupo de las clase de las niñas con ideas de actividades fáciles y creativas para jugar con los pequeños en casa, documentos ilustrados con rutinas para la cuarentena y varios artículos más con límite de tiempo en pantallas. Todo fantástico, pero mis hijas, disfrazadas de Frozen, han empezado la jornada con dos horas de desayuno nutritivo (galletas de dinosaurio) delante de la tele. 

Mientras tanto he puesto lavadoras como un robot con la ropa que he llevado a la academia esta semana —doy clases de español a extranjeros en una academia—y he desinfectado pomos de casa, iPad y móvil. He frotado con tanto ahínco que ha entrado agua en el móvil y el altavoz ya no funciona. Mi amiga me ha mandado un audio, no lo he podido escuchar; mi marido y mis padres nos han llamado, pero no los oímos.  No ha terminado la primera mañana de aislamiento y ya he estropeado la principal vía de comunicación con el mundo exterior.

He intentado trabajar, pero con dos niñas con niveles altos de azúcar y dos horas de pantalla ha sido imposible, así que probamos a cambiar de actividad. Propongo hacer unos pocos deberes. Olivia tiene casi 6 años, Emma 4. Sus grados de atención son distintos. Durante diez minutos la pequeña ha pintado, la mayor ha relacionado palabras con imágenes más un pequeño dictado. Pronto han discutido por el mismo rotulador, la misma hoja, el mismo dibujo…Emma se ha cansado, ha demandado más galletas. Fin. Se acabaron las feinetas por un día.

Por otro lado, mi cabeza no para de dar vueltas. El día anterior había estado en contacto con un alguien con tos y mocos tras haber volado desde otro país el día anterior. Llevaba varios días con anginas, pero en este estado de pánico he empezado a sentirme peor. Me duele la cabeza, me pongo el termómetro. Es solo la una del mediodía. 

Después de comer leemos cuentos en la cama hasta que mis padres nos llaman por facetime en el iPad. Han perdido el vuelo, en teoría venían de visita el lunes, ahora no sé cuándo vendrán o cuando iremos nosotros.

—Mamá, ¿van a venir los abuelos? 

—No cariño, de momento no pueden volar; pero pronto estarán con nosotros.

—¿Por el coronavirus? No me gusta este coronavirus.

Emma jugando con el iPad llama varias veces por accidente a mi cuñada en Australia. Lauren nos llama de vuelta asustada. La hemos despertado, son las 2 o las 3 de la mañana en su país. Cuando escucho su voz empiezo a llorar. No tengo motivos, pero simplemente las lágrimas salen. Ella todavía se preocupa más. Intento tranquilizarla, intenta tranquilizarme. En Australia todo sigue como siempre, aunque presiente que pronto también cerrarán escuelas. Me despido.

Miro el móvil: seis whatapps de mi suegra en Australia. Mi cuñada ha hablado con ella, me pregunta si estamos bien, si su hijo ya está en casa. Le aseguro que estamos bien, que mi marido sigue en el trabajo. Dice que va a llamarle para que acuda pronto a casa. Le digo que no, pero lo hace igualmente.

Después de las 6 de la tarde mi marido llega a casa enfadado porque he mareado a toda su familia, porque no ha podido comunicarse conmigo en todo el día. «You’re gonna have to slow down, it’s only been one day. It’s all anxiety», me dice semi irritado. Intento disculparme, tiene razón, soy hipocondríaca y ansiosa, no sé lidiar con la incertidumbre.

Brad me cuenta las medidas de desinfección en la velería donde trabaja, sobre los vuelos cancelados de compañeros que participaban en regatas en el extranjero, de empleados que han decidido hacer cuarentena a partir del lunes. Él continuará yendo al trabajo, con suerte el miércoles podrá trabajar solo desde casa.

Aprovecho para ir a la farmacia del pueblo a por más jarabe de la tos para la peque. Está llena, espero a que los mayores terminen para entrar, no quiero ser culpable de contagiar a nadie. Una vez dentro los empleados de la farmacia despachan con guantes. La gente mira con desconfianza, nerviosos por se atendidos cuanto antes.

Me ducho, me siento sucia después de estar en un sitio público. Hago 10 minutos de meditación, trato de concentrarme en vano en la respiración. El mundo sigue igual, ¿o no? Esto es el cuento del cocodrilo y el caimán: los dos se parecen, pero no son igual.

 

Helga

helga-island diaries blogDesde las 9 y media de la mañana hasta las 3 y media de la tarde, de lunes a viernes, Helga mantiene los barcos del puerto deportivo impolutos. Friega, pule, repasa, ordena. Friega, pule, repasa, ordena. Sigue un ritmo cadencioso, alterado salvo por compañeros de barcos vecinos, gaviotas hambrientas o un jefe que simula interés por cortesía.

El marido de Helga, Tom, partió hace dos semanas hacia Antigua. En su ausencia Helga cuida de Mark, su hijo en común.

Todos los días se jura o trata de convencer de que Mark cuida de su corazón, que el amor de un hijo lo es todo, pero llega un punto en el que no sabe si está más cansada de pulir para no pensar o de pulir en sí.

Antes abrazaba a su hijo con fuerza, acariciaba los mechones de su corto pelo con brío, como si a través de su pequeño cuerpo pudiera alcanzar a Tom, llamarle a puerto. Ahora, le ahoga. Mark es el ancla de un amor varado del que, cuando logra olvidar, regresa sin avisar.

 

Kim y su compañera de vuelo

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Sentada en un café del aeropuerto Kim busca donde cargar su iPhone. Antes de hincar el diente a su muffin de chocolate la sube en instagram en un click – 10.05 am, waiting @ Madrid airport.

Kim ha estado en Mallorca, Sevilla y Madrid – Mañana mañana . En su viaje posó con amigos que hizo por el camino – #hola amigos-, se bañó en calas de anuncio – vip beach! – y retrató todos los dulces y platos de cada restaurante al que fue – #spanishfood, yum! En total más de 100 fotos, algunas subidas a Facebook y similares, otras esperando. Nueva alerta, dos me gusta a la muffin que todavía no ha terminado.

Entre bocado y sorbo de café Kim repasa las fotos, no se acuerda ni de la mitad de los sitios ni la gente, sólo se ha preocupado de que ella no apareciese. Ahora, a dos horas de embarcar a Melbourne, no va a tener más remedio que compartir 24 horas de vuelo con su compañera de viaje, una chica insegura pero demasiado simpática que cuenta las calorías de los crackers de su bandeja – Not every trip is perfect.