Helga

helga-island diaries blogDesde las 9 y media de la mañana hasta las 3 y media de la tarde, de lunes a viernes, Helga mantiene los barcos del puerto deportivo impolutos. Friega, pule, repasa, ordena. Friega, pule, repasa, ordena. Sigue un ritmo cadencioso, alterado salvo por compañeros de barcos vecinos, gaviotas hambrientas o un jefe que simula interés por cortesía.

El marido de Helga, Tom, partió hace dos semanas hacia Antigua. En su ausencia Helga cuida de Mark, su hijo en común.

Todos los días se jura o trata de convencer de que Mark cuida de su corazón, que el amor de un hijo lo es todo, pero llega un punto en el que no sabe si está más cansada de pulir para no pensar o de pulir en sí.

Antes abrazaba a su hijo con fuerza, acariciaba los mechones de su corto pelo con brío, como si a través de su pequeño cuerpo pudiera alcanzar a Tom, llamarle a puerto. Ahora, le ahoga. Mark es el ancla de un amor varado del que, cuando logra olvidar, regresa sin avisar.

 

Surfeando rabietas

Caras triunfantes cubiertas en chocolate me reciben al entrar por la puerta. Olivia y Emma de nuevo se salieron con la suya, su padre no ha podido soportar el lloro conjunto. La merienda nutritiva terminó en galletas de chocolate. Es decir, nuestro pacto ha durado tanto como un episodio de Peppa pig.

La idea era no ceder al lloro en crescendo, ese ronroneo con efecto demoledor que causa cortocircuitos y zas: sucumbes, te rindes. Esta tarde su padre cayó, otros días soy yo. La falta de sueño, el cansancio… pones en marcha el chip de supervivencia seleccionando la opción más fácil: acceder.

En nuestro caso el momento más duro era por la mañana, cuando nuestra hija de 4 años desplegaba rabieta tras rabieta. “Quiero vestido, quiero la leche con pajita, ese juguete no es tuyo, no quiero abrigo (hacen 7 grados fuera)…” Literalmente la dejaba en la escuela sudando y emocionalmente KO. Me sentía mal por un grito mal pegado, por terminar cediendo, por luchar contra lo absurdo. ¿Cómo era posible que una niña de cuatro años tuviera tanto poder sobre mí?

En definitiva, los peques son listos, buscan tu reacción: tu cara de enfado, tu grito… Aprietan el botón hasta conseguir su meta: tu rendición por no llegar tarde a un sitio o por sobrevivir el día a día. Pero, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? En mi caso opté por lo simple: ignoraba el tsunami y seguía con lo que estaba haciendo. Adopté la técnica de cantar interiormente los éxitos de Coldplay para así bloquear los gritos. Fue duro y gradual, pero mi cara neutra e impasible fue causando efecto.

Con el tiempo, se cansó de sus propios lloros (que la dejaban exhausta) para terminar la función con un sofocado “maaaami”  fundido en un abrazo.

Suena banal y frío, sin embargo “mantenerte” funciona ya que la asociación “rabieta – mis papas se enfadan” llega a romperse y poco a poco van en detrimento. Siguen habiendo pataletas, pero no como patrón de comportamiento diario.

Recuerda, si accedes a menudo el modo rabieta se activa y multiplica. ¡Suerte!

10 de mayo, 2018

Os leo el cuento por segunda vez mientras los ojos de Olivia se van cerrando poco a poco. Emma cae al ritmo de las palabras agarrada a mi mano, como el timón del sueño al que acabará pronto rendida.

Quisiera detener el tiempo, guardar este momento. El respirar de Olivia y la fuerza de Emma con el libro a duras penas apoyado en mis rodillas.