Efecto Frozen en tiempos de pandemia

¿Habéis visto Frozen? Yo sí, como quinientas veces desde que empecé la cuarentena. Pero no os escribo por eso, sino por los paralelismos que podemos encontrar entre el hit de Disney y los tiempo que corren. De hecho, he llegado a pensar que la factoría de los sueños nos estaba preparando para lo que se nos venía encima. ¿Por qué?

Primero: Elsa. La reina del hielo es portadora de un poder/virus potencialmente mortal (casi termina con su hermana en dos ocasiones). Entonces, ¿qué hace ella? Mantiene las distancias dándole portazo a Anna día tras día, no solo porque esté cansada del dichoso muñeco de nieve, que también, sino porque la quiere proteger.

Segundo: Anna. Ahora la entendemos, ahora sabemos por lo que pasa. ¿Por qué narices Elsa no le deja salir?, ¿por qué no abre las puertas de palacio? La pobre Anna pasa toda su infancia y adolescencia sin amigos con los que jugar, sin salir, sin viajar.

Tercero: los guantes. Ya nos avisa Elsa. Ella se los quitó y se armó la gorda.

Cuarto: Hans o la desescalada precipitada. For the first time in forever empezamos la fase 1, pero no te emociones. Mira lo que le sucedió a Anna con Hans. Se confió, se dejó engañar por las apariencias y ¡zas!, volvemos al eterno invierno.

Quinto: Kristoff y los malos tiempos. Elsa no es capaz de controlar sus síntomas y congela todo el reino de Arendelle. El bueno de Kristoff, que se dedica a la venta de hielo, pierde su negocio. ¿Y ahora qué hace sin clientes y exceso de inventario?

Sexto: el antídoto. En el mundo de Frozen no hay vacuna que pare los poderes de Elsa,  la cual sigue congelando a discreción aunque sin dañar a sus habitantes, ya inmunes a su reina. El antídoto fue el amor entre hermanas y la aceptación, pero aquí el cuento no aplica. Demasiado idílico, demasiado bonito. Siendo así, ¿qué nos queda?, ¿nos acogemos al let it go mientras va aumentando la inmunidad o encontramos la vacuna? Por favor Elsa, dinos porque we can’t hold it back anymore.

 

Viernes, 13 de marzo. Primer día de cuarentena.

Oficialmente los centros educativos de Baleares comienzan el próximo lunes; nosotras hoy, viernes 13 de marzo. Mi hija pequeña pasó toda la noche tosiendo, yo nerviosa por las noticias y cadenas de whataspp del jueves. A primera hora he avisado a mi jefe y a mis alumnos del viernes: hoy nos quedamos en casa. 

De buena mañana saltan whataspps de amigas y del grupo de las clase de las niñas con ideas de actividades fáciles y creativas para jugar con los pequeños en casa, documentos ilustrados con rutinas para la cuarentena y varios artículos más con límite de tiempo en pantallas. Todo fantástico, pero mis hijas, disfrazadas de Frozen, han empezado la jornada con dos horas de desayuno nutritivo (galletas de dinosaurio) delante de la tele. 

Mientras tanto he puesto lavadoras como un robot con la ropa que he llevado a la academia esta semana —doy clases de español a extranjeros en una academia—y he desinfectado pomos de casa, iPad y móvil. He frotado con tanto ahínco que ha entrado agua en el móvil y el altavoz ya no funciona. Mi amiga me ha mandado un audio, no lo he podido escuchar; mi marido y mis padres nos han llamado, pero no los oímos.  No ha terminado la primera mañana de aislamiento y ya he estropeado la principal vía de comunicación con el mundo exterior.

He intentado trabajar, pero con dos niñas con niveles altos de azúcar y dos horas de pantalla ha sido imposible, así que probamos a cambiar de actividad. Propongo hacer unos pocos deberes. Olivia tiene casi 6 años, Emma 4. Sus grados de atención son distintos. Durante diez minutos la pequeña ha pintado, la mayor ha relacionado palabras con imágenes más un pequeño dictado. Pronto han discutido por el mismo rotulador, la misma hoja, el mismo dibujo…Emma se ha cansado, ha demandado más galletas. Fin. Se acabaron las feinetas por un día.

Por otro lado, mi cabeza no para de dar vueltas. El día anterior había estado en contacto con un alguien con tos y mocos tras haber volado desde otro país el día anterior. Llevaba varios días con anginas, pero en este estado de pánico he empezado a sentirme peor. Me duele la cabeza, me pongo el termómetro. Es solo la una del mediodía. 

Después de comer leemos cuentos en la cama hasta que mis padres nos llaman por facetime en el iPad. Han perdido el vuelo, en teoría venían de visita el lunes, ahora no sé cuándo vendrán o cuando iremos nosotros.

—Mamá, ¿van a venir los abuelos? 

—No cariño, de momento no pueden volar; pero pronto estarán con nosotros.

—¿Por el coronavirus? No me gusta este coronavirus.

Emma jugando con el iPad llama varias veces por accidente a mi cuñada en Australia. Lauren nos llama de vuelta asustada. La hemos despertado, son las 2 o las 3 de la mañana en su país. Cuando escucho su voz empiezo a llorar. No tengo motivos, pero simplemente las lágrimas salen. Ella todavía se preocupa más. Intento tranquilizarla, intenta tranquilizarme. En Australia todo sigue como siempre, aunque presiente que pronto también cerrarán escuelas. Me despido.

Miro el móvil: seis whatapps de mi suegra en Australia. Mi cuñada ha hablado con ella, me pregunta si estamos bien, si su hijo ya está en casa. Le aseguro que estamos bien, que mi marido sigue en el trabajo. Dice que va a llamarle para que acuda pronto a casa. Le digo que no, pero lo hace igualmente.

Después de las 6 de la tarde mi marido llega a casa enfadado porque he mareado a toda su familia, porque no ha podido comunicarse conmigo en todo el día. «You’re gonna have to slow down, it’s only been one day. It’s all anxiety», me dice semi irritado. Intento disculparme, tiene razón, soy hipocondríaca y ansiosa, no sé lidiar con la incertidumbre.

Brad me cuenta las medidas de desinfección en la velería donde trabaja, sobre los vuelos cancelados de compañeros que participaban en regatas en el extranjero, de empleados que han decidido hacer cuarentena a partir del lunes. Él continuará yendo al trabajo, con suerte el miércoles podrá trabajar solo desde casa.

Aprovecho para ir a la farmacia del pueblo a por más jarabe de la tos para la peque. Está llena, espero a que los mayores terminen para entrar, no quiero ser culpable de contagiar a nadie. Una vez dentro los empleados de la farmacia despachan con guantes. La gente mira con desconfianza, nerviosos por se atendidos cuanto antes.

Me ducho, me siento sucia después de estar en un sitio público. Hago 10 minutos de meditación, trato de concentrarme en vano en la respiración. El mundo sigue igual, ¿o no? Esto es el cuento del cocodrilo y el caimán: los dos se parecen, pero no son igual.

 

Helga

helga-island diaries blogDesde las 9 y media de la mañana hasta las 3 y media de la tarde, de lunes a viernes, Helga mantiene los barcos del puerto deportivo impolutos. Friega, pule, repasa, ordena. Friega, pule, repasa, ordena. Sigue un ritmo cadencioso, alterado salvo por compañeros de barcos vecinos, gaviotas hambrientas o un jefe que simula interés por cortesía.

El marido de Helga, Tom, partió hace dos semanas hacia Antigua. En su ausencia Helga cuida de Mark, su hijo en común.

Todos los días se jura o trata de convencer de que Mark cuida de su corazón, que el amor de un hijo lo es todo, pero llega un punto en el que no sabe si está más cansada de pulir para no pensar o de pulir en sí.

Antes abrazaba a su hijo con fuerza, acariciaba los mechones de su corto pelo con brío, como si a través de su pequeño cuerpo pudiera alcanzar a Tom, llamarle a puerto. Ahora, le ahoga. Mark es el ancla de un amor varado del que, cuando logra olvidar, regresa sin avisar.